¿Qué hay detrás de la “ciudad maravillosa” que acaba de ser seleccionada sede de los Juegos Olímpicos de 2016? Jon Lee Anderson, uno de los periodistas más audaces del mundo, viajó a Río de Janeiro y logró colarse en las favelas. Lo que encontró es la otra cara, el lado oscuro, del gigante verdeamarelo.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Tierra de pandillas. Río de Janeiro por Jon Lee Anderson
En Río las primeras favelas –el nombre proviene de una hierba de rápido crecimiento– datan de los años posteriores a la abolición de la esclavitud en Brasil, en 1888. Los esclavos libertos, sin otro lugar dónde vivir, construyeron casuchas en las laderas de las colinas, o en manglares casi secos. A los ex esclavos se sumaron los antiguos soldados, ahora desempleados y, en fechas más recientes, los desposeídos brasileños del campo, que invadieron la ciudad huyendo de la sequía y la pobreza crónicas. Hace veinte años se decía que había
Puedes ir con el tipo equivocado, pero cuando te descubra,
▀
Hace treinta años, afirmó Sirkis, “los bandidos no solían matar a un policía. Y, si lo hacían, no se escapaban del castigo.
En julio hablé con el nuevo jefe de la policía civil de Río, Allan Turnowski. Le pregunté si la situación de la seguridad en Río era calamitosa. “¿Calamitosa?”, dijo. “No. Si lo fuera, no habría forma de solucionarlo. Y sí podemos. Esto todavía no es Bagdad ni México. Tenemos la capacidad para controlar cualquier parte de la ciudad que queramos. El problema es que no podemos quedarnos a terminar el trabajo.” Turnowski me habló entusiasta sobre una campaña para combatir a las milicias vinculadas a la policía; sobre sus planes para aumentar el número de efectivos policiacos; y sobre la esperanza de mejorar el entrenamiento y los salarios. Mencionó una favela recientemente purgada y cercada, Santa Marta, donde el gobierno ha invertido en infraestructura, como un modelo para el futuro. Señalé que Santa Marta era sólo una favela, y que había otras mil o más aún desatendidas. Turnowski asintió y dijo: “Llevará tiempo.”
Ferdandinho sonrió y dijo: “¿Quién decide?”
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domingo, 29 de noviembre de 2009
Más de 100 personalidades lationamericanas eligen a los 10 personajes más influyentes de su historia contemporánea
Escribir ayuda a pensar mejor, con mayor claridad, y aumenta la necesidad de comunicar. Ésa podría ser la idea que sustenta el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco que en su primera edición recayó en el historiador cubano Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965) por la obra Repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica. El acto de entrega se realizará mañana en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), impulsora de este galardón junto con la Fundación Santillana. La FIL se inaugura hoy y se prolonga hasta el 6 de diciembre en la ciudad mexicana.
El título del libro de Rojas se refiere a una frase de Simón Bolívar, mientras se debatía entre la empresa utópica en la que se había embarcado, la elaboración de unas constituciones casi perfectas y la realidad de unos países que difícilmente respondían a ellas: "Estamos construyendo repúblicas aéreas, repúblicas de aire". El libro retrata ocho relevantes figuras del "momento republicano", como dice su autor, entre 1810 y 1830. Estos personajes son los venezolanos Simón Bolívar y Andrés Bello, el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, los mexicanos Lorenzo de Zavala y fray Servando Teresa de Mier, y los cubanos José María Heredia y Félix Varela.
El Premio Isabel Polanco, dotado con 100.000 dólares y una escultura de Martín Chirino, se instituyó en memoria de la consejera delegada del Grupo Santillana e hija del fundador del Grupo Prisa, fallecida en 2008.
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viernes, 27 de noviembre de 2009
CRÍTICA: DIOSES Y MONSTRUOS Bunker, esa luminosa negrura
El autor de No hay bestia tan feroz es un potente narrador de enigmas y un singular retratista del mal. Su fascinante novela -que se asemeja a las confesiones de James Ellroy y Jean Genet- permite masticar su violencia, entender su soledad y compadecer su vértigo
Quiero pensar que la novela negra nunca ha dejado de estar de moda, que la inquebrantable afición de Juan Carlos Onetti a leer exclusivamente desde el acogedor territorio de su cama novelas protagonizadas por maderos y hampones la comparte mucha gente y constituye una buena forma de distraer o endulzar la existencia, que la capacidad de enganche de un género cuyas señas de identidad son el misterio, la acción, la violencia, el riesgo, y la ambigüedad moral permanece en cualquier generación y en todas las épocas, que las esencias de la negritud nunca se prestarán al esnobismo, a los que se toman como una obligación cultural o social leer en cada momento lo que conviene leer.
Es probable que el comprensiblemente adictivo fenómeno que ha supuesto el Millennium de Stieg Larsson, ese escritor tan listo y productivo que nunca pudo disfrutar de la gloria y el dinero que generaría su invento, haya animado la fenicia resurrección en las editoriales de cualquier novela con esforzada etiqueta de negritud y la oportunista reedición de los clásicos, pero a los drogotas de este género nos da igual que las razones de esta sobredosis obedezcan más al negocio que al amor. Lo único que nos importa es que haya mucho material para elegir. Puede resultar abusivo que debido a la hipnosis masiva que ha provocado la inquietante y solitaria Lisbeth Salander o el afecto que genera el muy racional, honrado, melancólico y profesional policía Kurt Wallander, y la brumosa o helada geografía que les ha parido, las librerías se sobrecarguen con todo tipo de detectives y psicópatas nórdicos, inevitablemente avalados por algún deslumbrado comentario sobre su obra de Larsson o de Mankell, pero en mi caso no tengo el menor sentido de culpa en abandonar a las cincuenta páginas una novela si ésta me aburre, la recomiende dios o el diablo. Pero es seguro que en medio de tanto énfasis promocionando mediocridades con aroma escandinavo aparezca un creador al que merezca seguirle la pista, un potente narrador de enigmas, un singular retratista del mal.
Cada habitante de esta tribu irrenunciablemente abducida por el género negro tiene filias y fobias. En mi caso, he intentado en vano que se me contagiara la pasión hacia Sue Grafton y Donna Leon. Estuve a punto de tirar la toalla ante un par de tan originales como decepcionantes novelas de Fred Vargas, pero finalmente me enamoré de su retorcido y tenebroso mundo cuando leí la magistral La tercera virgen. Le tengo simpatía al resistente Harry Bosch, pero nunca me ha deslumbrado la prosa de su creador, el mayoritariamente venerado Michael Connelly. Y aunque suene a blasfemia, llevo media vida intentando averiguar con nulo éxito dónde radica el encanto de Elmore Leonard, escritor tan reverenciado por sus colegas literarios como por los directores más prestigiosos del cine norteamericano. Admito que dialoga con un estilo ingenioso y peculiar, que maneja con estilo la ironía, que su expresividad roza lo conceptual, que abomina del sentimentalismo y de los tópicos, que tiene una mordaz y notable personalidad. Pero sus tramas y sus personajes siempre me dejan molesto regusto a parodia y esperpento, me cuesta seguirle, jamás me ha transmitido algo parecido a la emoción, a sentir el menor interés por la suerte de sus generalizados villanos, ejerzan de defensores o de transgresores de la ley. Pero sigo picando el cebo con cada nueva entrega, aunque siempre desfallezca ante ella, no la termine o la olvide rápidamente. Me ha vuelto a ocurrir con El día de Hitler, con los pintorescos nazis camuflados en Estados Unidos y con sus perseverantes cazadores.
Reservo todo mi amor para la impresionante escritura de John Connolly, aunque desde El camino blanco esté en baja forma, y para el genial James Ellroy, temible cronista del lado permanentemente oscuro de América, de un universo en el que todos son tan malos como hipnóticos. Ellroy también nos habló con lenguaje eléctrico de su obsesivo pasado y de sus infinitas llagas en la desgarrada autobiografía Mis rincones oscuros. Asocio inevitablemente esa confesión y también la de Jean Genet en Diario del ladrón cuando finalizo en dos tiradas, como sólo se leen los libros que te subyugan, la fascinante novela de Edward Bunker No hay bestia tan feroz. No hace falta ver el granítico careto del autor y saber que pasó la mitad de su existencia entre rejas por todo tipo de delitos para intuir que no está construyendo una ficción, que está hablando en primera persona a través de Max Dembo, ese profesional del atraco que al salir en libertad condicional de la cárcel sabe que no puede cambiarse a sí mismo, que a lo único que puede aspirar es a la acorralada supervivencia, que sus irrenunciables señas de identidad son la guerra contra el orden. Masticas su violencia, entiendes su soledad, compadeces su vértigo. Tampoco aquí hay nadie bueno. Todo huele a lacerante verdad. Todo da miedo. Lo único que no comprendes es que hayan tardado 36 años en publicar aquí esta novela escrita en carne viva.
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'La religión americana'
Apocalípticos, videntes y profetas de Harold Bloom
- Taurus publica 'La religión americana'
Álvaro Cortina | Madrid
Harold Bloom entiende que los EEUU arrastran una genuina obsesión religiosa. "Quizá ninguna otra nación haya rechazado la muerte con una intensidad comparable a la nuestra", escribe en 'La religión americana' (Taurus).
No ha contado América con los heresiarcas reformadores de la teología europea. El protestantismo de las viejas colonias pobló su siglo (el XIX) de visiones y aparatosas profecías. La teología no ha conocido allí un sólido cultivo doctrinal. Hablando de Smith y de la Ciencia Cristiana, Bloom cita las cartas de san Pablo y el Apocalipsis de san Juan, y la cábala hebrea, y a Emerson, pero sus analogías refieren más a Blake y a Swedenborg.
El ensayismo erudito del autor no es exactamente didáctico. 'La religión americana' es un repaso deshilvanado, iluminado, a ratos irónico, a ratos admirativo, repetitivo, inagotable, inasequible y sustancialmente genial. Pocas veces se leen cosas así. Antes de entenderle a Bloom se le admira por su literatura, rico en retórica, en ingenio, en gratuidad, y en sabiduría, muy por encima de los burdos tópicos que nos alimentan. Por encima de su argumento está su personalidad literaria. Antes que estudioso es un gran escritor, y su trabajo es antes un gran libro (audaz, confuso, inspirado, digresivo) que un cotejo cultista.
"El judaísmo normativo es la religión de la ley oral, la poderosa interpretación de la Biblia expuesta por los grandes rabinos en el siglo II de la era común. El cristianismo es la religión de los padres de la Iglesia y de los teólogos protestantes que rompieron con la Iglesia, y católicos y protestantes por igual se unieron a los sabios rabínicos al ofrecer interpretaciones definitivas que desplazaron las escrituras". Así, la religión americana, unida íntimamente al espíritu nacional, es la única puramente bíblica, por encima del credo y de las Iglesias: "incluso cuando presenta y exalta textos alternativos".
Y tan alternativos. Joseph Smith ("genio religioso", repite Bloom admirando al profeta) aporta la doctrina más original de todas. No desciende de ningún Wesley, ni de ningún Calvino, ni de ningún George Fox. Le fue revelado que América experimentó 1000 años de cultura hebrea de 600 a.C. a 400 d.C. Jesús, en esos 40 días y 40 noches antes de su ascensión de los que tan poco hablan los evangelios, apareció en América y repitió el Sermón de la Montaña. Como se ve, muchos siglos antes de Colón.
Bloom insiste en que el Cristo americano ("más americano que Cristo") no es el Dios sufriente de la cruz. La representación americana de la cruz es aséptica, es una cruz vacía. El Cristo americano es un Cristo resurrecto que el individuo conoce en sí mismo. En el fondo el americano considera su yo tan antiguo como el mismo Dios, y la creación y la caída son la misma cosa. Su preocupación es una vuelta a lo primigenio. Es ésta una religión de soledad, de conocimiento interior.
Smith defendía la poligamia y la suya es una suerte de teomorfismo. Se intituló a sí mismo Rey del Reino de Dios. En 1832 los vecinos de Hiram, Ohio, lo embrearon y emplumaron. El mesías y sus adeptos sufrieron un éxodo y levantaron templos. Su historia es épica y febril como la historia de la frontera. A los 38 años una milicia lo asesinó en Illinois. Su doctrina devino pueblo, y su Sión se levantó en Salt Lake City, Utah.
Por otro lado, el adventismo del Séptimo Día prendió después del 22 de octubre de 1844, cuando se pensó (con base en el Libro de Daniel) que el milenarismo llegaría (como también ha dicho Fernando Arrabal en televisión). Esto es: 1000 años de paz desde la venida de Jesús al Juicio Final. Tras la decepción, Ellen White empezó a tener visiones. A sus ojos, Satán era "como una especie de bribón de mediados de siglo, caído de la respetabilidad de la clase media".
Aritmética del apocalipsis
Muchos pregonaron el fin del mundo y después volvió a salir el sol. La última aritmética apocalíptica de los Testigos de Jehová culminó también en una sonora decepción. "Puesto que, de todos modos, la existencia humana acabó en 1975, todos somos póstumos". Ácido, Harold Bloom.
O los pentecostalistas, presos del éxtasis del Espíritu Santo."El siglo XX se inició el 1 de enero de 1901 en Topeka, Kansas, donde Charles Fox Parham dirigía a los seguidores de su Escuela Bíblica de Santidad en una celebración extática del bautismo en el Espíritu Santo. Agnes Ozman, que no sabía chino, afirmó que durante los tres días posteriores estuvo hablando chino y escribiendo caracteres chinos". Aparte quedan los discursos televisivos del predicador episcopaliano Donnie Swaggart (los pueden ver en You Tube), puro"chamanismo americano", cuenta Bloom.
La incidencia de la cultura televisiva en la Convención Baptista Sureña, hijos nostálgicos de la Confederación del general Lee, se asocia aquí al fundamentalismo reinante del reverendo Criswell. "Te ahorrabas la carga de tener que leer la Biblia por ti mismo. Criswell lo haría por ti, y te aseguraría que su significado esencial era la infalibilidad". Se habla aquí de un odio al lenguaje y a la libre interpretación. Se busca a Cristo (al Cristo americano) más allá de la mediación, más allá de la ambigüedad, en uno mismo.
Bloom, judío agnóstico, repite varias veces, sorprendido, que 8 de cada 10 estadounidenses piensan que Dios les ama personalmente, que Dios les corresponde en el sentimiento. En los dólares y centavos del país se puede leer el lema: "In God we trust".
'La religión americana', de Harold Bloom. Taurus, 2009. 22 euros. 288 páginas.
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sábado, 21 de noviembre de 2009
Un militar quiso vengar a su hija y mató al joven equivocado
Lo llamaron a la comisaría de Villa Las Rosas, en Traslasierra, para que firmara una contravención de tránsito. Fue el miércoles y por fin llovía. Luis Oscar Ledesma, ex militar de 55 años, llegó tranquilo y no se resistió, aunque su cara se volvió mármol cuando le dijeron que quedaba detenido por homicidio. Sabía de qué le estaban hablando. De aquella mañana de octubre de 1999 cuando, tras planearlo mucho, le voló la cabeza a un chico de 18 años con una 9 milímetros.
Este es, por ahora, el final de una historia terrible que comenzó con una desobediencia: la de una hija de Ledesma. El 28 de marzo de 1999, Elizabeth (20) se escapó a bailar con una prima y dos jóvenes a Carlos Paz. Volvían agotados y felices, cuando en una curva el auto en que viajaban se dio vuelta. Elizabeth murió. Sus tres acompañantes sobrevivieron. Ledesma, estragado por el dolor, juró venganza contra el conductor del auto, Enzo Romero (22).
Siete meses después, el 29 de octubre, un Peugeot 504 y otros dos autos interceptaron en las afueras de la ciudad de Córdoba a una Trafic blanca de Arcor, donde trabajaba Enzo.
Un hombre armado se asomó a la ventanilla, preguntó a los dos jóvenes aterrados quién de ellos era Romero y, cuando uno asintió, le disparó sin piedad.
Lo que sigue parece de ficción pero no lo es: el asesino se equivocó de víctima.
El muerto no era Enzo Romero, quien hacía tres meses que ya no trabajaba en la empresa, sino Damián Romero, un pibe de 18, hijo de una empleada de limpieza. Ese día, este muchacho pagó con su vida el extraño designio de tener el mismo apellido de la obsesión de Ledesma y trabajar en la misma empresa.
"Suponemos que Ledesma hizo inteligencia, pero mal. Que siguió a la víctima equivocada y que, junto a otros que ahora estamos buscando, porque está claro que no actuó solo, ejecutó al chico a quien acusaba erróneamente por la muerte de su hija", relató el fiscal Pedro Caballero.
¿Y por qué recién ahora logró detenerlo? ¿No había testigos, acaso?
Había, pero tenían miedo de declarar. Este es uno de esos casos en que no existe una prueba directa sino una serie de indicios que a veces no alcanzan para detener. Ahora hemos logrado una suma tal, que pudimos arrestarlo y allanar su casa en Villa Las Rosas.
El tema del domicilio no fue menor. Desde el asesinato de Damián Romero, Ledesma se mudó desde La Calera, a unos 20 kilómetros de la capital cordobesa, hasta Deán Funes, en el norte; y hace algún tiempo se asentó en Traslasierra. Allí, este suboficial retirado y veterano de la Guerra de Malvinas, se dedicaba a la cría y venta de cerdos. Con su esposa de siempre tuvo otra hija.
"En su casa pudimos secuestrar una 9 milímetros que irá a peritaje -siguió Caballero- y una serie de recortes del diario La Voz del Interior en los cuales, desde hace años, se hablaba del caso".
Ledesma está acusado de homicidio simple y, según el fiscal, "a esta carátula sólo se le puede sumar la alevosía", ya que lo cometió antes de la Reforma Penal de 2005.
Como ha pasado tanto tiempo y puede prescribir, Caballero deberá elevarlo a juicio antes de que transcurran dos años. Pero, en círculos judiciales, descartan que eso ocurrirá mucho antes, "ya que el fiscal ha trabajado tanto que tiene casi todo el expediente listo".
Este es, por ahora, el final de una historia terrible que comenzó con una desobediencia: la de una hija de Ledesma. El 28 de marzo de 1999, Elizabeth (20) se escapó a bailar con una prima y dos jóvenes a Carlos Paz. Volvían agotados y felices, cuando en una curva el auto en que viajaban se dio vuelta. Elizabeth murió. Sus tres acompañantes sobrevivieron. Ledesma, estragado por el dolor, juró venganza contra el conductor del auto, Enzo Romero (22).
Siete meses después, el 29 de octubre, un Peugeot 504 y otros dos autos interceptaron en las afueras de la ciudad de Córdoba a una Trafic blanca de Arcor, donde trabajaba Enzo.
Un hombre armado se asomó a la ventanilla, preguntó a los dos jóvenes aterrados quién de ellos era Romero y, cuando uno asintió, le disparó sin piedad.
Lo que sigue parece de ficción pero no lo es: el asesino se equivocó de víctima.
El muerto no era Enzo Romero, quien hacía tres meses que ya no trabajaba en la empresa, sino Damián Romero, un pibe de 18, hijo de una empleada de limpieza. Ese día, este muchacho pagó con su vida el extraño designio de tener el mismo apellido de la obsesión de Ledesma y trabajar en la misma empresa.
"Suponemos que Ledesma hizo inteligencia, pero mal. Que siguió a la víctima equivocada y que, junto a otros que ahora estamos buscando, porque está claro que no actuó solo, ejecutó al chico a quien acusaba erróneamente por la muerte de su hija", relató el fiscal Pedro Caballero.
¿Y por qué recién ahora logró detenerlo? ¿No había testigos, acaso?
Había, pero tenían miedo de declarar. Este es uno de esos casos en que no existe una prueba directa sino una serie de indicios que a veces no alcanzan para detener. Ahora hemos logrado una suma tal, que pudimos arrestarlo y allanar su casa en Villa Las Rosas.
El tema del domicilio no fue menor. Desde el asesinato de Damián Romero, Ledesma se mudó desde La Calera, a unos 20 kilómetros de la capital cordobesa, hasta Deán Funes, en el norte; y hace algún tiempo se asentó en Traslasierra. Allí, este suboficial retirado y veterano de la Guerra de Malvinas, se dedicaba a la cría y venta de cerdos. Con su esposa de siempre tuvo otra hija.
"En su casa pudimos secuestrar una 9 milímetros que irá a peritaje -siguió Caballero- y una serie de recortes del diario La Voz del Interior en los cuales, desde hace años, se hablaba del caso".
Ledesma está acusado de homicidio simple y, según el fiscal, "a esta carátula sólo se le puede sumar la alevosía", ya que lo cometió antes de la Reforma Penal de 2005.
Como ha pasado tanto tiempo y puede prescribir, Caballero deberá elevarlo a juicio antes de que transcurran dos años. Pero, en círculos judiciales, descartan que eso ocurrirá mucho antes, "ya que el fiscal ha trabajado tanto que tiene casi todo el expediente listo".
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domingo, 15 de noviembre de 2009
Inmersión en los maestros del miedo
"Es evidente que nos precipitamos hacia cierto conocimiento apasionante, cierto secreto que nunca debemos comunicar y cuyo conocimiento acarrea destrucción". El aviso del narrador de Manuscrito hallado en una botella, el mítico relato de Edgar Allan Poe, tiene mucho de teoría particular sobre la literatura de miedo. Una teoría que también podría resumirse así: el conocimiento de algunos secretos destruye. Y también: igual que no querríamos seguir leyendo los cuentos que nos aterrorizan, no podemos dejar de hacerlo.
Ahora EL PAÍS pone al alcance de sus lectores una colección de 20 libros para adictos al escalofrío: Maestros del terror. El próximo domingo, gratis con el periódico, se distribuirá el primer volumen de la serie, una selección de los mejores relatos de H. P. Lovecraft, el pionero de la moderna literatura de horror. Con cuentos como El alquimista, Más allá del muro del sueño o La tumba, el escritor estadounidense se consagró como el renovador de un género que pasó del gótico y los fantasmas al espanto basado en criaturas y lugares fantásticos.
Los siguientes títulos podrán conseguirse por un euro junto al diario los lunes y miércoles. A Lovecraft le seguirá el otro gran padre del relato de terror: E. A. Poe, uno de los escritores más influyentes de la literatura moderna si tenemos en cuenta la propia influencia que ejercieron sus admiradores, de Baudelaire a Dostoievski pasando por R. L. Stevenson y Borges. Sin olvidar a Julio Cortázar, autor de las traducciones de relatos como Berenice, El corazón revelador, El tonel de amontillado o el citado Manuscrito hallado en una botella, incluidos en el volumen que se distribuirá con este diario.
Los relatos de Arthur Conan Doyle, Guy de Maupassant, E. T. A. Hoffmann o Bram Stoker, creador de Drácula, forman parte también de una colección en la que la literatura hispanoamericana tiene a sus más altos representantes en el género: los españoles Gustavo Adolfo Bécquer y Emilia Pardo Bazán y el uruguayo Horacio Quiroga. El romanticismo de raíz popular de las leyendas del primero y el realismo visionario de los relatos de la segunda se complementan con la retorcida imaginación de Quiroga, precursor del realismo mágico que triunfaría con los autores del boom. Relatos suyos como La gallina degollada o El almohadón de plumas demuestran que, mirados con detenimiento, son los objetos cotidianos los que más miedo producen.
Ésa es la gran lección de los clásicos modernos reunidos en Maestros del terror. El suyo es un miedo sin sustos, sin trucos, dirigido a la inteligencia.
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'Le cortó los testículos, se los metió en la boca y le cosió los labios'
Crímenes durante la dictadura Argentina
Argentina revive el horror de los autos de fe durante la ‘guerra sucia’ de la dictadura militar (1976-1983). Un policía de ese régimen confesó el viernes a la Justicia cómo los verdugos caparon al subcomisario Ricardo Albareda –37 años, sospechoso de colaborar con la guerrilla- y luego engulleron una barbacoa frente a la víctima agonizante.
En la sala de audiencias, a los jueces del Tribunal Oral Federal 1 de la ciudad de Córdoba (centro) se les descomponía el rostro aguantando el deseo de vomitar a medida que Ramón Calderón, ex guardia del campo de concentración "El Embudo", avanzaba con su relato sobre la ceremonia de eviscerar, propia de Tomás de Torquemada.
El 26 de septiembre de 1979, según contó, Calderón cumplía servicio en "El Embudo", que dependía del Departamento de Inteligencia de la policía cordobesa y funcionaba en un chalé. Vio llegar a sus jefes arrastrando a un hombre con uniforme policial, al cual ataron con alambres a una silla. Era Albareda.
La pandilla de secuestradores estaba encabezada por el inspector general Raúl Pedro Telleldin, 51 años. Y le seguían sus lugartenientes Calixto Luis Flores, Américo Pedro Romano, y Hugo Cayetano Britos, todos ellos oficiales del Departamento de Inteligencia (D2), la temible ‘gestapo’ de la policía en Córdoba.
"Ahora vas a ver lo que le pasa a los traidores", amenazó Telleldín antes de dar la orden a Britos que degradara al subcomisario arrancándole los galones y otros distintivos de la fuerza. Enseguida propinaron a Albareda una paliza de muerte y Telleldín extrajo una sevillana del bolsillo y se calzó guantes de látex en las manos.
'Ahora vas a ver lo que le pasa a los traidores'
"Usted Albareda está en la tierra por el peso de las bolas. Se las voy a cortar y se va a ir al cielo", avisó el inquisidor, a la vez que sus esbirros subían a tope el volumen de la radio para tapar los alaridos que iba a proferir el torturado. Entonces cortó la bragueta del pantalón y tomando los testículos, se los amputó.
Con la mano en alto, Telleldín agitaba el ‘botín’ ensangrentado y gritaba como un poseído a sus esbirros: "¡Esto mismo les va a pasar a ustedes cuando no cumplan las órdenes!". Luego introdujo los testículos en la boca de Albareda y, usando hilo y aguja, le cosió los labios. A la vez, Romano rociaba con whiskey la zona genital castrada.
Culminada la faena, los verdugos se deleitaron con un asado a las brasas, frente a lo que para entonces quedaba de Albareda, que demoró dos horas más en morir allí desangrado. Telleldín dio la orden a Calderón que limpiara el suelo con lejía, antes de cargar el cadáver del subcomisario en el maletero de un coche y hacerlo desaparecer hasta hoy.
Este crudo testimonio ha sido crucial en el juicio a Britos, Romano y Flores que lleva adelante el tribunal de Córdoba. Se supone que Telleldín murió en 1983 en un accidente de coche, aunque muchos sospechan que vive escondido en la Patagonia. Su hijo, Carlos, estuvo imputado en el ataque terrorista a la mutual judía AMIA, que causó 86 muertos en 1994.
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